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JOSEFA SEGOVIA, Formadora siempre: Parte II

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JOSEFA SEGOVIA, Formadora siempre: Parte II

A pesar de las penas y las muchas dificultades que sufrió al morir Pedro Poveda (actuar dentro de un gobierno totalitario y una nación deshecha, el aislamiento causado por la segunda guerra mundial, los centros teresianos asolados, las personas de la Institución dispersas, muchas inseguridades, desamparo y escasez económica…), ella entendió que debía ser como un hogar cálido donde muchos pudiesen llegar y encontrar sentido a su vida.

Al viajar a Madrid después de la Guerra civil española, desde su estancia primero en Ávila y después en Salamanca, quiso visitar la tumba de Poveda y repetir ante sus restos su entrega incondicional:

Con la gracia de Dios y el amparo de la santísima Virgen, prometo ser la continuadora de su espíritu, ser la encarnación de su doctrina y la formadora de las personas que respondan al ideal teresiano.

Y escribe después:

Yo no soy la Directora General, sino un puente entre el Fundador y la que dirija la Obra después de mí. Hago de puente porque viví de su espíritu la mitad de mi vida. La persona de nuestro padre es única, inconfundible, irreemplazable…

La realidad era que, cuando María Josefa contaba 44 años de edad, quedaba en sus manos una Institución que había cumplido ya su proceso fundacional, pero que tendría que reconstruir después de la contienda, procurar la más completa formación de las personas, afrontar las improvisaciones requeridas por la nueva situación política, orientar el desarrollo, crecimiento y expansión geográfica de la Institución Teresiana, y mantener siempre viva y actualizada la memoria del fundador, tareas que fueron asumidas por ella con toda dedicación, esfuerzo y fidelidad.

Siempre animosa en proyectos y deseos. De todos/as esperaba tenazmente cualquier progreso, cualquier superación, un paso más… Para cada uno/a esperaba la hora de Dios y luego pedía, exigía, impulsaba… Inagotable en su capacidad de comprender, de disculpar, de perdonar, de amar… Conocerla y tratarla suscitaba energías y creaba climas de valiente entrega a grandes causas. Conocía, como buena formadora, el arte de despertar capacidades, de afirmar personalidades. Su vida fue un apasionado deseo de hacer en sí misma y en los demás el carisma del fundador. Deseo que se hizo concreto en una intensa, verdadera y profunda vida espiritual que conformaba su ser, su pensar su sentir y actuar.

Mª Josefa comprendió pronto la fuerza educadora del amor, único capaz de modelar adecuadamente el corazón. Tal vez la dura experiencia vivida y su completa entrega al Señor, en la Obra de Poveda, modelaron en ella unas actitudes decididamente centradas en el amor que fueron la constante inequívoca de la acción formativa de la persona, siempre abierta a la trascendencia. El tema del “corazón” es uno de los más recurrentes en los escritos de María Josefa. Y viene a confesar, implícitamente al menos, en uno de sus artículos1 que nada puede el educador por sí mismo, ni con su ciencia, ni con sus teorías y descubrimientos, si a todo ello le falta el amor:

“Ni en los tratados de pedagogía más notables, ni en el estudio de métodos y procedimientos empleados por pedagogos ilustres, se encuentra materia suficiente para realizar con acierto la obra de la educación”, porque “el amor, abnegación y sacrificio, necesarios en todo educador, no se adquieren sino estando empapados del Santo Evangelio”.

En esta etapa cobran importancia las cartas dirigidas a la Institución Teresiana, llamadas por ella misma “doctrinales”, que escribió al comienzo de cada curso desde septiembre de 1936 a 1950, cuando bajo su impulso la Obra amplió su presencia a distintos países de cuatro continentes.

Son cartas largas, cuidadosamente elaboradas por ella, en las que enseña con su pensamiento y su corazón; con sus reflexiones y con su experiencia, con sus deseos y con la realidad. Como no podía ser de otra manera, en ellas también emerge el tema del corazón. En la referida al corazón de Santa Teresa escribió: “poseía el don de darse y no gastarse, de entregarse y no atarse, de ser de todos siendo sólo de Dios” descripción, sin duda alguna, de su propio corazón.

 

 

Fotos de Josefa Segovia: AHIT

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1 BAT, 36 (15-III-1918) 561-563. Artículo titulado la “Lección sagrada”

 

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